La noche de los Oscar volvió a brillar en el Dolby Theatre de Hollywood, donde la edición 98 de los premios más esperados del cine celebró el talento, la resistencia y, sobre todo, el poder de las historias para conmover al mundo. Con un tono entre la ironía y el homenaje, el presentador Conan O’Brien abrió la velada con un monólogo que no dejó indiferente a nadie. “Es la primera vez desde 2012 que no hay actores británicos nominados en las categorías principales”, bromeó, antes de destacar que cada película premiada reflejaba “resiliencia, paciencia y esa cualidad tan escasa hoy: el optimismo”. Sus palabras resonaron en una industria que, más que nunca, parece necesitar un recordatorio de su capacidad para inspirar.
La alfombra roja, siempre un espectáculo en sí misma, tuvo un momento de peso simbólico cuando Javier Bardem apareció con un mensaje claro: “No a la guerra”. El actor español, conocido por su activismo, llevó su postura política al escenario al presentar la categoría de Mejor Película Internacional. “Palestina libre”, añadió, en un gesto que generó tanto aplausos como murmullos entre el público. No fue el único guiño a la realidad fuera de las pantallas: el director Paul Thomas Anderson reveló que su película *Una batalla tras otra* nació de un acto íntimo de disculpa hacia sus hijos, a quienes pidió perdón por el tiempo que les robó durante el rodaje.
El palmarés de la noche premió a lo mejor del cine global. La irlandesa Jessie Buckley se llevó el Oscar a Mejor Actriz por su interpretación en *Pecadores*, mientras que Michael B. Jordan brilló como Mejor Actor por su papel en *Frankenstein*, una cinta que, además, obtuvo tres estatuillas más. La categoría de Mejor Película Internacional fue para *Valor sentimental*, dirigida por el noruego Erik Poppe, una historia que conmovió al jurado por su profundidad emocional. En animación, *La chica que lloraba perlas*, de la directora japonesa Hiroko Watanabe, se alzó con el premio, consolidando el dominio asiático en este género en los últimos años.
Entre los reconocimientos técnicos, el compositor sueco Ludwig Göransson fue galardonado por Mejor Banda Sonora Original, mientras que Amy Madigan recibió el premio a Mejor Actriz de Reparto por su papel en *El último suspiro*. Pero más allá de los nombres y las estatuillas, la ceremonia reservó espacios para la emoción pura. El segmento *In Memoriam* rindió tributo a figuras que dejaron huella, como el director Rob Reiner y su esposa, la fotógrafa Michele Singer Reiner, encontrados sin vida en diciembre pasado. Sin embargo, el momento más conmovedor llegó de la mano de Barbra Streisand, quien interpretó en vivo una balada en honor a Robert Redford, el legendario actor fallecido en septiembre de 2025. Su voz, cargada de nostalgia, llenó el teatro de un silencio reverente.
Pero si hubo un premio que encapsuló el dolor y la urgencia de los tiempos, fue el de Cortometraje Documental, otorgado a *Todas las habitaciones vacías*. Dirigido por Joshua Seftel, este filme estadounidense de 2025 es un desgarrador homenaje a los niños víctimas de tiroteos escolares en Estados Unidos. A través de imágenes de sus dormitorios —conservados intactos por padres que no pueden superar la pérdida—, la cinta expone una realidad que el país sigue sin resolver. “No es solo un documental, es un grito”, dijo Seftel al recibir el premio, recordando que, detrás de cada habitación vacía, hay una familia destrozada.
La noche de los Oscar, como siempre, fue un reflejo de lo que el cine puede ser: un espejo de la sociedad, un consuelo en tiempos difíciles y, sobre todo, un recordatorio de que las historias bien contadas tienen el poder de cambiar perspectivas. Entre risas, lágrimas y discursos cargados de significado, Hollywood demostró una vez más que, más allá del glamour, su verdadero valor está en su capacidad para conectar con el mundo real. Y esta edición, sin duda, lo logró.



