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El ocaso del *streaming*: cómo la industria frena su caída libre

El ocaso del *streaming*: cómo la industria frena su caída libre

El cine, ese espacio donde la magia de la pantalla grande se encuentra con el público, ha vivido una montaña rusa en los últimos años. Tras el golpe más duro en 2020, cuando la pandemia redujo la asistencia a apenas 65 millones de entradas vendidas, el sector intentó recuperarse con timidez. En 2021 y 2022, las cifras mejoraron, aunque sin alcanzar los niveles prepandemia: 114 y 183 millones de boletos, respectivamente. Para 2023, el optimismo parecía justificado: la taquilla repuntó hasta los 235 millones de entradas, acercándose a una aparente normalidad. Sin embargo, la realidad económica y los cambios en los hábitos de consumo de las audiencias echaron por tierra esas esperanzas.

En 2024, la asistencia a las salas cayó a 218 millones de localidades, y en lo que va de 2025, la tendencia se mantiene a la baja, con solo 203 millones de boletos vendidos. Esto representa una disminución del 6.86% respecto al año anterior, un dato que confirma que el cine ya no es el rey indiscutible del entretenimiento familiar. El récord histórico de 2019, cuando las salas registraron cifras récord, parece cada vez más lejano. La pregunta que muchos se hacen es si alguna vez se repetirá ese escenario, o si el cine, tal como lo conocemos, está condenado a ceder terreno frente a otras formas de consumo audiovisual.

El panorama global refleja esta misma tendencia, aunque con matices. Estados Unidos sigue siendo el mercado más poderoso del mundo, con una taquilla que supera los 8,298 millones de dólares anuales. Le sigue de cerca China, con 7,210 millones de dólares, un gigante que ha crecido a pasos agigantados en la última década. En tercer lugar, aunque a considerable distancia, se ubica Japón, con 1,833 millones de dólares. Estos tres países concentran la mayor parte de los ingresos del sector, pero incluso en ellos, la asistencia a las salas no ha logrado recuperar el esplendor de antaño.

¿Qué está pasando? Las razones son múltiples. Por un lado, el costo de vida ha obligado a muchas familias a replantearse sus gastos en entretenimiento. Un boleto de cine, sumado a palomitas, refrescos y transporte, puede representar un desembolso significativo, especialmente en tiempos de inflación. Por otro, las plataformas de *streaming* han ganado terreno, ofreciendo comodidad, variedad y precios más accesibles. ¿Por qué salir de casa cuando puedes ver una película en alta definición desde el sofá, con la opción de pausarla cuando quieras?

Además, la experiencia cinematográfica ya no es la misma. Aunque las salas han invertido en tecnología —pantallas IMAX, sonido envolvente, butacas premium—, el público más joven, acostumbrado a la inmediatez de las redes sociales y los contenidos cortos, parece menos dispuesto a dedicar dos horas a una película en un espacio físico. La competencia es feroz: desde los videojuegos hasta los *shorts* de TikTok, el tiempo de ocio se ha fragmentado como nunca antes.

No todo está perdido, sin embargo. El cine sigue teniendo un poder único: la capacidad de crear experiencias colectivas, de generar emociones que trascienden la pantalla. Películas como *Barbie*, *Oppenheimer* o *Avatar* demostraron que, cuando el contenido es impactante, el público responde. Pero el desafío es enorme. Los estudios deben encontrar la fórmula para atraer a las audiencias sin depender únicamente de los *blockbusters*, mientras que las salas necesitan reinventarse para ofrecer algo que el *streaming* no pueda replicar: un sentido de comunidad, de espectáculo compartido.

El futuro del cine no está escrito, pero una cosa es clara: el modelo tradicional ya no funciona como antes. La industria tendrá que adaptarse o arriesgarse a quedar relegada a un nicho cada vez más pequeño. Mientras tanto, los espectadores seguiremos decidiendo, con nuestros boletos o con nuestros clics, hacia dónde se dirige el entretenimiento del siglo XXI.

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