La gala de los premios Goya, que este año rendirá homenaje a Susan Sarandon con el Goya Internacional, se vistió de polémica y reflexión antes incluso de que comenzara la ceremonia. La actriz y activista, conocida por su compromiso con causas sociales, no eludió los temas candentes durante una rueda de prensa en la que dejó claro que su voz no se callará ante las injusticias. Con una franqueza que la caracteriza, Sarandon defendió el derecho de cada nación a la autodeterminación y no dudó en calificar la situación en Gaza como “terrible”, una realidad que, según sus palabras, “me avergüenza”.
Para la intérprete de *Pena de muerte*, el cine es un reflejo inevitable de la política, ya sea para perpetuar el statu quo o para desafiarlo. “Todas las películas e historias son políticas”, afirmó, subrayando que el arte puede ser una herramienta de transformación desde cualquier género. En ese sentido, celebró el apoyo de España a la causa palestina, destacando la postura del presidente del gobierno y la valentía de figuras como Javier Bardem, cuya voz, dijo, resuena con fuerza en un mundo donde el silencio suele ser la norma.
Sobre el poder de Hollywood y su influencia en la política, Sarandon fue contundente: “Deberíamos poder decir lo que pensamos sin que nos amenazaran con no volver a trabajar”. La actriz desmontó el mito de que la meca del cine es un bastión de la izquierda, señalando que la industria tiende a alinearse con el poder de turno cuando las circunstancias se complican. “No es progresista cuando las cosas están difíciles”, sentenció, cuestionando la supuesta rebeldía de una industria que, en su opinión, suele ceder ante las presiones.
Uno de los momentos más críticos de su intervención llegó cuando abordó el papel del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos (ICE), al que calificó de “muy anticonstitucional” por sus prácticas, especialmente contra la población negra. Sarandon no solo denunció los “actos ilegales” de esta agencia, sino que también reconoció el trabajo de las comunidades que resisten su accionar, destacando su lucha como un ejemplo de dignidad frente a la opresión.
En un tono más distendido, la actriz celebró los avances en la industria cinematográfica, donde cada vez más mujeres asumen roles de producción. Sin embargo, advirtió sobre un desafío creciente: la dificultad para encontrar plataformas que den visibilidad a las películas independientes, ahora que los cines pequeños son absorbidos por grandes cadenas. “El problema no es hacer las películas, sino dónde verlas”, apuntó, reflejando una preocupación compartida por muchos creadores.
Con su característico humor, Sarandon bromeó sobre su posible incursión en el cine español, ofreciéndose a directores como Pedro Almodóvar para interpretar a “una estadounidense tonta que no habla español”. La propuesta, aunque jocosa, dejó entrever su disposición a explorar nuevos proyectos y su admiración por el talento emergente. De hecho, la actriz reveló que actualmente participa en producciones independientes de directores noveles, reafirmando su compromiso con un cine que desafía las convenciones y abre espacios para voces frescas.
Más allá de los premios y los reflectores, la intervención de Sarandon en Madrid fue un recordatorio de que el arte y la política no pueden separarse. Su discurso, cargado de convicción y honestidad, resonó como un llamado a la acción en un momento en que el mundo parece necesitar más que nunca voces dispuestas a alzar la suya.



